Tomado de La transparencia del mal (La
Transparence du mal) de Jean Baudrillar,
Editorial ANAGRAMA, Barcelona, 1991 (Editions
Galilée. París, 1990)
Since the world drives to a delirious
state of things,
we must drive to a delirious point
of view.
(Ya que el mundo adopta un curso delirante,
debemos adoptar sobre él un
punto de vista delirante.)
Si los hombres crean o imaginan máquinas inteligentes, es porque desesperan secretamente de su inteligencia, o porque sucumben bajo el peso de una inteligencia monstruosa e inútil: la exorcizan entonces con máquinas para poder burlarse y reírse de ella. Confiar esta inteligencia a unas máquinas nos libera de cualquier pretensión al saber, de la misma manera que confiar el poder a los políticos nos permite reírnos de cualquier pretensión al poder.
Si los hombres sueñan con máquinas originales y geniales, es porque desesperan de su originalidad, o porque prefieren desasirse de ella y gozarla por máquina interpuesta. Pues lo que ofrecen esas máquinas es el espectáculo del pensamiento, y los hombres, al manipularlas, se entregan al espectáculo del pensamiento más que al mismo pensamiento.
No en vano se las llama virtuales: porque mantienen el pensamiento en un suspenso indefinido, vinculado al vencimiento de un saber exhaustivo. Allí el acto de pensamiento queda indefinidamente diferido. La cuestión del pensamiento ni siquiera puede plantearse, al igual que la de la libertad para las generaciones futuras: atravesarán la vida como un espacio aéreo, atados a su asiento. De igual manera, los Hombres de la Inteligencia Artificial atravesarán su espacio mental atados a su computer. El Hombre Virtual, inmóvil delante de su ordenador, hace el amor por pantalla y da sus cursos por teleconferencia. Se vuelve un paralítico físico, pero sin duda también cerebral. Sólo así llega a ser operacional. De la misma manera que se puede vaticinar que las gafas o las lentes de contacto se volverán un día la prótesis integrada de una especie de la que habrá desaparecido la mirada, también cabe temer que la inteligencia artificial y sus soportes técnicos se vuelvan la prótesis de una especie de la que habrá desaparecido el pensamiento.
La inteligencia artificial carece de inteligencia, porque carece de artificio. El auténtico artificio es el del cuerpo en la pasión, el del signo en la seducción, de la ambivalencia en los gestos, de la elipsis en el lenguaje, de la máscara en el rostro, del rasgo que altera el sentido y que por esta razón es llamado rasgo de inteligencia. Estas máquinas inteligentes, en cambio, sólo son artificiales en el sentido más pobre, el de descomponer las operaciones del lenguaje, del sexo, del saber, en sus elementos más simples, de digitalizarlas para sintetizarlas a partir de ciertos modelos. Generar todas las posibilidades de un programa o de un objeto en potencia. Ahora bien, el artificio no tiene nada que ver con lo que genera, sino con lo que altera la realidad. Es el poder de la ilusión. Estas máquinas sólo poseen el candor del cálculo, y los únicos juegos que proponen son juegos de conmutación y de combinación. Sólo en eso pueden ser llamadas virtuosas, y no únicamente virtuales: en que no sucumben ni a su propio objeto y no son seducidas por su propio saber. Su virtud es su transparencia, su funcionalidad, su ausencia de pasión y de artificio. La Inteligencia Artificial es una machine célibataire.
Lo que siempre diferenciará el funcionamiento del hombre del de las máquinas, incluso las más inteligentes, es la ebriedad de funcionar, el placer. Inventar máquinas que sientan placer es algo que, afortunadamente, sigue estando fuera de los poderes del hombre. Todo tipo de prótesis puede ayudar a su placer, pero es incapaz de inventar alguna que disfrute en su lugar. Inventa aquellas que trabajan,«piensa» o se desplazan mejor que él, o en su lugar, pero no hay prótesis, técnica o mediática, del placer del hombre, del placer de ser hombre. Para ello haría falta que las máquinas tuvieran una idea del hombre, pudieran inventar el hombre; pero ya es demasiado tarde para ellas, pues él es quien las ha inventado. A ello se debe que el hombre pueda superar lo que es, mientras las máquinas jamás superarán lo que son. Las más inteligentes sólo son exactamente lo que son, salvo quizá en el accidente o en el fallo, que siempre cabe imputarles como un deseo oscuro. No tienen este incremento irónico de funcionamiento, este exceso de funcionamiento en que consiste el placer, o el sufrimiento, mediante los cuales los hombres se alejan de su definición y se acercan a su final. Desgraciadamente para ella, una máquina no supera jamás su propia operación, lo que tal vez explique la profunda tristeza de los computers... Todas las máquinas son célibataires.
(La reciente irrupción de los virus electrónicos ofrece, sin embargo, una anomalía notable: parece como si existiera un maligno placer de las máquinas en producir efectos perversos, peripecia irónica y apasionante. Es posible que la inteligencia artificial se parodie a sí misma en esta patología viral, inaugurando con ello una especie de inteligencia auténtica.)
El celibato de la máquina provoca el del Hombre Telemático. De igual manera que se ofrece delante de su computer o su worldprocessor el espectáculo de su cerebro y de su inteligencia, el Hombre Telemático se ofrece delante de su minitel rosa el espectáculo de sus fantasías y de un goce virtual. En ambos casos, goce o inteligencia, los exorciza en la interfaz con la máquina. El Otro, el interlocutor, jamás es realmente buscado en una travesía de la pantalla evocadora de la travesía del espejo. Lo que se busca es la pantalla misma como lugar de la interfaz. La pantalla interactiva transforma el proceso de relación en un proceso de conmutación de lo mismo en lo mismo. El secreto de la interfaz es que allí el Otro es virtualmente el Mismo, siendo la alteridad subrepticiamente confiscada por la máquina. Así pues, el ciclo más verosímil de la comunicación es el de los minitelistas que pasan de la pantalla al intercambio telefónico, después al cara a cara y después, ¿qué hacer? Pues bien, «se llaman», y después se vuelve al minitel, mucho más erótico al fin y al cabo, porque es esotérico y transparente a la vez, foma pura de la comunicación, ya que no tiene más prosmiscuidad que la de la pantalla y la de un texto electrónico como filigrana de la vida, nueva caverna platónica en la que se ven desfilar las sombras del placer carnal. ¿Para qué hablarse cuando es tan fácil comunicar?
Vivíamos en el imaginario del espejo, del desdoblamiento y la escena, de la alteridad y la alienación, Hoy vivimos en el de la pantalla, la interfaz y el redoblamiento, la contigüidad y la red. Todas nuestras máquinas son pantallas, y la interactividad de los hombres se ha vuelto la de las pantallas. Nada de lo que se inscribe en las pantallas está hecho para ser descifrado en profundidad sino para ser explorado instantáneamente, en una abreacción inmediata al sentido, en un cortocircuito de los polos de la representación.
La lectura de una pantalla es completamente diferente a la de la mirada. Es una exploración digital donde el ojo circula siguiendo una incesante línea quebrada. La relación con el interlocutor en la comunicación, con el saber en la información, es del mismo tipo: táctil y exploratoria. La voz en la nueva información, o incluso en el teléfono, es una voz táctil, una voz nula y funcional. Ya no es exactamente una voz, de la misma manera que en el caso de la pantalla ya no se trata exactamente de una mirada. Ha cambiado todo el paradigma de la sensibilidad. Esta tactilidad no tiene el sentido orgánico del tacto. Significa simplemente la contigüidad epidérmica del ojo y de la imagen, el fin de la distancia estética de la mirada. Nos acercamos infinitamente a la superficie de la pantalla, nuestros ojos están como diseminados en la imagen. Ya no tenemos la distancia del espectador en relación a la escena, ya no existe la convención escénica. Y si caemos tan fácilmente en esta especie de coma imaginario de la pantalla es porque dibuja un vacío perpetuo que se nos pide colmar. Proxemia de las imágenes, promiscuidad de las imágenes, pornografía táctil de las imágenes. Sin embargo, esta imagen sigue estando a años-luz. No deja de ser una tele-imagen. Está situada a una distancia muy especial que sólo se puede definir como infranqueable por el cuerpo. La distancia del lenguaje, de la escena, del espejo, es franqueable por el cuerpo -en eso sigue siendo humana y se presta al intercambio-. La pantalla, por su parte, es virtual, y por tanto infranqueable. A ello se debe que sólo se preste a una forma abstracta, definitivamente abstracta, como es la comunicación.
En el espacio de la comunicación, las palabras, los gestos y las miradas están en estado de contigüidad incesante, y sin embargo jamás se tocan. Y es porque ni la distancia ni la proximidad son las del cuerpo al que rodean. La pantalla de nuestras imágenes, la pantalla interactiva, la pantalla telemática, están a la vez demasiado próximas y demasiado lejanas: demasiado próximas para ser verdaderas (para tener la intensidad dramática de una escena), demasiado lejanas para ser falsas (para tener la distancia cómplice del artificio). Crean de esa manera una dimensión que ya no es exactamente humana, una dimensión excéntrica que corresponde a una despolarización del espacio y a una indiferenciación de las figuras del cuerpo.
No existe una tipología más bella que la de Moebius para designar esta contigüidad de lo próximo y lo lejano, de lo interior y lo exterior, del objeto y el sujeto en la misma espiral, en la cual se entrelazan tanto la pantalla de nuestros ordenadores como la pantalla mental de nuestro propio cerebro. Es según el mismo modelo que la información y la comunicación vuelven siempre sobre sí mismas en una circunvolución incestuosa, en una indiferenciación superficial del sujeto y el objeto, del interior y el exterior, de la pregunta y la respuesta, del acontecimiento y la imagen, etc. -que sólo puede resolverse en bucle, simulando la figura matemática del infinito.
Ocurre lo mismo en nuestra relación con nuestras máquinas «virtuales». El Hombre Telemático está asignado al aparato de igual manera que el aparato le está asignado a él, por una involución del uno en el otro, una refracción del uno por el otro. La máquina hace lo que el hombre quiera que haga, pero este sólo ejecuta, a su vez, lo que la máquina está programada para hacer. Es operador de virtualidad, y aunque aparentemente su intención sólo sea informarse o comunicar, consiste en realidad en explorar todas las virtualidades del programa, de la misma manera que el jugador tiende a agotar todas las virtualidades del juego. En la utilización de la cámara fotográfica, por ejemplo, estas virtualidades ya no son las del sujeto que «refleja» el mundo de acuerdo con su visión, sino las del objeto que explota la virtualidad del objetivo. En esta perspectiva, la cámara fotográfica es una máquina que altera toda voluntad, que borra cualquier intencionalidad y sólo deja transparentar el puro reflejo de sacar fotos. Hasta la mirada queda borrada, ya que la sustituye el objetivo, que es cómplice del objeto, y por tanto de una desviación de la visión. Y esta involución del sujeto en la caja negra, esta devolución de su visión a la impersonal del aparato son mágicas. En el espejo, el sujeto interpreta su imaginario. En el objetivo y en las pantallas en general, y aprovechándose de todas las técnicas mediáticas y telemáticas, es el objeto lo que se entrega «en potencia».
Por esta razón actualmente son posibles todas las imágenes. Todo es informatizable, es decir, conmutable en su operación digital, de la misma manera que cualquier individuo es conmutable en sí mismo a partir de su fórmula genética (todo el trabajo consistirá en agotar justamente las virtualidades de este código genético, y eso será uno de los aspectos fundamentales de la inteligencia artificial). Más concretamente, eso significa que ya no hay acto ni acontecimiento que no se refracte en una imagen técnica o sobre una pantalla, ni una acción que no desee ser fotografiada, filmada, grabada, que no desee confluir en esta memoria y volverse en ella eternamente reproducible. Ni una acción que no desee trascenderse, en una eternidad virtual, y no la duradera posterior a la muerte, sino aquella, efímera, de la ramificación en las memorias artificiales. La compulsión virtual es la de existir en potencia en todas las pantallas y en el seno de todos los programas, y se convierte así en una exigencia mágica. Es el vértigo de la caja negra.
¿Dónde está la libertad en todo eso? No existe. No hay elección, ni decisión final. Toda decisión en materia de red, de pantalla, de información, de comunicación, es serial, parcial, fragmentaria, fractal. Sólo la sucesión de las decisiones parciales, la serie rnicroscópica de las secuencias y de los objetos parciales constituye el recorrido, tanto del fotógrafo como del Hombre Telemático, o de nuestra más banal lectura televisiva. La estructura de todos estos gestos es cuántica: es un conjunto aleatorio de decisiones puntiformes. Y la fascinación de todo ello viene del vértigo de esta caja negra, de esta incertidumbre que acaba con nuestra libertad.
¿Soy un hombre, soy una máquina? Ya no hay respuesta a esta pregunta antropológica. Así pues, significa en cierta manera el final de la antropología, confiscada subrepticiamente por las máquinas y las tecnologías más recientes. Incertidumbre nacida del perfeccionamiento de las redes maquínicas, de la misma manera que la incertidumbre sexual (¿soy un hombre, soy una mujer, qué ha ocurrido con la diferencia sexual?) ha nacido de la sofisticación de las técnicas del inconsciente y de las técnicas del cuerpo, o la incertidumbre científica respecto al estatuto del objeto ha nacido de la sofisticación del análisis en las microciencias.
¿Soy un hombre, soy una máquina? En la relación con las máquinas tradicionales no existe ambigüedad. El trabajador siempre es, en cierto modo, extraño a la máquina, y por tanto alienado por ella. Mantiene su cualidad preciosa de hombre alienado. Pero las nuevas tecnologías, las nuevas máquinas, las nuevas imágenes, las pantallas interactivas no me alienan en absoluto. Forman conmigo un circuito integrado. Vídeo, televisor, computer, minitel, son, al igual que las lentes de contacto, prótesis transparentes que están como integradas al cuerpo hasta formar parte genéticamente de él, como los estimuladores cardíacos o el famoso «papula» de P.K. Dick, pequeño implante publicitario injertado en el cuerpo en el nacimiento y que sirve de señal de alarma biológica. Todas nuestras relaciones, voluntarias o no, con las redes y pantallas son del mismo tipo: una,estructura sojuzgada (no alienada), un circuito integrado. La calidad de hombre o de máquina es ahí dudosa.
El éxito fantástico de la inteligencia artificial ¿no procede del hecho de que nos libera de la inteligencia real, del hecho de que hipertrofiando el proceso operacional del pensamiento nos libera de la ambigüedad del pensamiento y del enigma insoluble de su relación con el mundo? El éxito de todas estas tecnologías ¿no proviene de su función de exorcismo y del hecho de que el eterno problema de la libertad ni siquiera puede ser planteado? ¡Qué alivio! ¡Con las máquinas virtuales se acabaron los problemas! Ya no eres sujeto ni objeto, ni libre ni alienado, ni el uno ni el otro: eres el mismo, en el arrobamiento de sus conmutaciones. Hemos pasado del infierno de los otros al éxtasis de lo mismo, del purgatorio de la alteridad a los paraísos artificiales de la identidad. Algunos dirán que es una servidumbre todavía peor, pero como el Hombre Telemático carece de voluntad propia tampoco sabría ser siervo. Ya no existe la alienación del hombre por el hombre, sino una homeostasis del hombre por la máquina.